Todo empezó en un pequeño taller a dos calles del paseo marítimo de Marbella, con un cartel desgastado que decía "El Encanto" sobre la puerta. No hay una fecha exacta que marque el comienzo, hay una mujer, una aguja, y años de manos que aprendieron a leer un cuerpo antes de leer un patrón.
Una aguja (2024). Rosario
Rosario cosía como quien respira. Empezó ayudando a su madre con apenas diez años, y cuarenta después seguía siendo la costurera a la que medio Marbella acudía antes de una boda importante. Nunca usó moldes de talla única; cada vestido nacía mirando a la mujer que lo iba a llevar.
Entre retales (1998). Gabriela
Gabriela creció entre hilos y alfileres, escuchando las conversaciones entre Rosario y sus clientas. Entendió pronto algo que nunca olvidó: la ropa nunca fue solo tela, era la herramienta con la que tantas mujeres se armaban de valor.
Manos que enseñan (03/2024).
Con los años, Rosario dejó de coser sola: otras costureras jóvenes empezaron a acudir a ella para aprender, entre ellas, su propia nieta, Gabriela. No enseñaba solo técnica, enseñaba a mirar a la clienta antes que al patrón. Varias montaron sus propios talleres, todos con el mismo sello.